Cuentacuentos en versos

El pasado viernes 19 de octubre disfrutamos en nuestra biblioteca de Candy, maestra y cuentacuentos, que mantuvo la atención del grupo de franceses que tenemos de intercanbio en el instituto. Esta vez le tocó el turno a los “Cuentos en verso para niños perversos” del escritor Roald Dahl.

Y para muestra uno de los que se contaron, “Caperucita Roja

 

Estando una mañana haciendo el bobo,
le entró un hambre espantosa al señor lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la abuela.
¿Puedo pasar, señora?, preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: ¡Este, me come de un bocado!
y claro, no se había equivocado:
se convirtió la abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al lobo no le fue de gran ayuda:
sigo teniendo un hambre aterradora…
¡tendré que merendarme otra señora!.
y al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
¡esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la selva!
– que así llamaba al bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España -.
Y por que no se viera su fiereza
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.
Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: ¿como estás abuela mía?
por cierto ¡me impresionan tus orejas!
para mejor oírte que la viejas
somos un poco sordas.¡abuelita,
Que ojos tan grandes tienes!. claro, hijita
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte don Ernesto
el oculista, dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces mas rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo: ¡que imponente
abrigo de piel llevas este invierno!.
El lobo estupefacto, dijo: ¡un cuerno!
o no sabes el cuento o tu me mientes:
¡ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estas tomando el pelo? oye mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa.
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revolver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y ¡pam! allí cayó la buena pieza.
Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el bosque… ¡pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
pues nada menos que un sobrepelliz
que a mi me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.

Fin

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