40 años de “Cien años de soledad” y 80 con Gabo

En este año 2007 se homenajea el libro Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, que cumple cuarenta años desde su publicación. También hace veinticinco años del Nóbel y ochenta de su nacimiento. Ahí es nada.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.”

Gabo nos ha dejado el Macondo de los Buendía, de José Arcadio, fundador de la dinastía junto a su prima, Úrsula Iguarán, la matriarca inquebrantable; de Melquíades, el gitano obrador de maravillas; del primer hijo, José Arcadio, marinero apátrida, un hombre descomunal con una esclava de cobre de los niños en cruz en la muñeca derecha; del filósofo y militar, coronel Aureliano; de los 17 Aurelianos, fruto de las relaciones del coronel con 17 mujeres diferentes durante las guerras civiles; de Fernanda del Carpio, de Renata Remedios, de Amaranta Úrsula… y de Aureliano, el último de los Buendía, cuya madre muere durante el parto y su padre es devorado por las hormigas.

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos…

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